lunes, 30 de marzo de 2009

El hermano monaguillo.

Tomado de Chichicaste y LibreOpinión, escrito por Tepezcuintle

La primera vez que entré a una iglesia, me impresionó la estatua que representaba la crucifixión, me produjo terror el ver tanta sangre en el cuerpo, una gran cantidad de golpes sobre la cara, sangre y mas sangre que espantaba; y, lo mas increíble era ver cuantas candelas y personas se hincaban para llevar un rito para celebrar la sangre y mas sangre de esa tortura que esa figura representaba. No fue para mis ojos dije, y lo sigo repitiendo, si me hubieran querido convertir a la religión me hubieran presentado alguna figura menos cruda.

Para ese entonces tendría alrededor de 6 años. Mi tía me llevo sin consentimiento alguno de mis padres a una de esas iglesias católicas del pueblo. No repuesto con la primera impresión tuve que escuchar a un señor que se encontraba en la parte de arriba, hablando en un lenguaje extraño, cuando pregunte de que se trataba, mi tía me dijo que guardara silencio sacro.
Después de un rato me puse a jugar con un carrito de juguete que tenia guardado en una de mis bolsas;

- rumm, rummm,

Mi tía me dijo que los asientos no estaban disponibles para que los carros de juguete corrieran a través de la madera de los sentaderas sacras de la iglesia, me lo quitó de la mano y estacionó el automóvil de lujo en su cartera. Que necedad la de los adultos.
Era domingo, día para carrera de carros. Después de unos minutos me dormí, las palabras del señor vestido de negro que se encontraba hablando al resto, parecía de tener efectos somníferos, las piernas de mi tía eran la perfecta almohada. Sentí unas caricias que me despertaron, la tortura había terminado, mi tía se llevo la mano en la frente, el pecho y después se la beso, me dijo que era apropiado hacerlo antes de salir de la iglesia. Nunca le creí.

Un día de semana mi otra tía (nana Irma) me llevó a otra reunión mucho mas tenebrosa, el señor que estaba hablando con su micrófono en la mano, gritaba eufórico y ante esto el resto se lanzaba temblando sobre el suelo, quise salir corriendo, el rito era demasiado macabro. No habían asientos de madera para sacar la granja de animales de plástico.

Un año después, mi hermano mayor y mi prima que acababa de cumplir sus 16 años me llevaron a otra iglesia. Uno de los que trabajaba en la iglesia era novio de mi prima. Mi prima Leticia era una joven muy hermosa, quizas si yo hubiera tenido mas edad me hubiera enamorado de ella, en verdad me gustaba sobretodo por su buena fe al regalarme dulces. Me dijo ese día que no le dijera a nadie sobre su cita con Oscar, todo esto era entre nosotros, un secreto que debíamos guardar. Cuando entramos a la parte trasera de la iglesia, recorrimos los obscuros y fríos corredores de la iglesia, mi prima se fue de la mano de Oscar, y se perdieron en algún rincón de las columnas gruesas de esos corredores, observe que se estaban besando, mi hermano, puso sus dedos en la boca indicando que guardara silencio.

Fueron siete sesiones, mi tía pensaba que asistíamos a la iglesia para confesarnos o para escuchar los sacramentos del cura.

Mientras mi hermano y yo, recorrimos toda los escondidos cuartos de la iglesia donde se guardaban estatuas, un día mi hermano me dijo que no les tuviera temor, levanto las faldas de una de las estatuas, el secreto estaba revelado, eran de madera.

Mi hermano asistía al sacerdote cuando daba sus misas, le habían regalado una ropa muy elegante para participar del rito de las comuniones, mi hermano era versado en esos asuntos, solía preparar muy bien los inciensos y en sus ratos libres encendía inciensos dentro de los corredores de la iglesia, mientras mi prima Leticia y Oscar se agarraban de la mano, pienso que el rito era consumable, todo es posible en el milagro del amor.
Lo mejor de las iglesias es que puedes romper el silencio, correr como loco en los corredores, no hay que nada que temer simplemente te lanzas sobre el piso y te arrojas hacia el suelo para dejarte deslizar, jugar hasta el cansancio y beber el agua fresca que se guardaba en un cuarto especial de la iglesia.

Lo mejor de la iglesia era el lugar mas alto, el campanario.

Subía con mi hermano para hacer sonar las grandes campanas de la torre, era sumamente excitante colgarse de los lazos mientras las campanas nos dejaban medio sordos.
Cuando terminaban de sonar las doce del medio día, me quedaba en la torre para sacar todos los animales de plástico, los cuales con una bolsa empecé a lanzar desde la cima con un paracaídas para estrellarse en el pavimento de la calle.

Lance cocodrilos, vacas pintas, soldados del batallón que murieron aplastados cuando los autos pasaban ocasionalmente encima de ellos. Uno a uno los animales prehistóricos como los verdes dinosaurios desaparecieron volando cuando los fuertes vientos se llevaban los paracaídas. Quien sabe si aun estarán volando con la bendición de la iglesia, lo importante es que volaran y aterrizaran sobre los techos del vecindario.

Todo se ve muy pequeño desde las alturas de la autoridad, hasta las hormigas del ser humano que recorren las aceras sin ningún rumbo, no era fácil adivinar hacia donde se dirigían, pero si era sencillo saber de donde provenían.

Mis visitas al campanario terminaron cuando mi tía descubrió los encuentros clandestinos de mi prima Leticia y el moreno Oscar.

Mi prima fue enviada a otro país, y Oscar murió al lanzarse al vació desde las alturas del campanario durante una revuelta de la guerra civil. Salí a la calle y encontré a Oscar con las manos abiertas, su cuerpo inerte lleno de sangre, la gente lo rodeo y levantó para llevarlo a la entrada de la iglesia donde el monaguillo lloró por su partida, como se llora a un amigo de la estatua.

Años después al visitar a mi prima y su esposo, descubrí que la mayoría de los animales de la granja fueron resucitados cuando uno de los hijos de Leticia los lanzaban desde lo alto de su casa viajando juntos con luciérnagas para subvertir la noche.
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