martes, 22 de abril de 2008

Noviembre 1989, Hasta El Tope la ofensiva final, La Bendita Paz.

Todo lo que se dice aquí, es real y verídico, no es paja inventada; viví la ofensiva, hoy tengo el derecho de hablar de ella. Nadie puede quitarme el derecho, hoy gracias a Dios, la libertad de expresión, en todo sentido, la utilizo aunque sea fuera de El Salvador.

Esta foto es, creo de Voces Inocentes, nunca vi la película, pero si me recuerdo a los miguelitos, a los manuelitos, a las mariitas, a los jorgitos, a las carmencitas, a los soldaditos, a los guerrilleros chiquitos. Esta foto, salvadoreños, nos debe recordar a los niños que convertimos en asesinos, en criminales, en héroes, en muertos, en víctimas, en abusados, en desaparecidos, en refugiados, en repatriados, en vos y en mi.

Por ellos, no lo repitamos más. Queridos políticos, salvadoreños en el exterior, y en el interior, o como se diga. Amémonos un poco más.

Una Historia. Una Guerra 29 años después. Sugunda Parte
Entonces comenzó la mañana con la esperanza de no escuchar más disparos, para entonces ya me había cansado de los gritos, de los estruendos, del llanto. Esa mañana habían pasado ya 14 días o no sé cuantos, desde que inició la ofensiva. La paz, la puta paz tenía olor a muerto quemado; a sangre podrida; a cuerpo mutilado; a sueños rotos, a desolación; sin embargo, el amor era la ausencia más grande, o quizá la presencia mayor; muchas veces en los momentos más apremiantes olvidamos al Amor, que nos acompaña siempre, y que nos libró de nuestros propios pensamientos.

Como dice la canción, ojalá pase algo que te borre de pronto.

No recuerdo ya la fecha, pero si algunos cuerpos, no todos, solo algunos, aquellos que quedaron grabados en mi memoria; recuerdo también a los soldados con su furia, con su olor a sangre, esos que olían a muerto; no eran mis hermanos, en mi furia humana, en mi expresión separada de mi Fuente original, del Amor. Sin embargo ellos seguían siendo, hijos de mi Padre, tu Padre.

Cuando salí del apartamento número 12, de la colonia INPEP, en la Zacamil, me ahorro el edificio no vaya a ser que me identifiquen; aún se sentía el olor a pólvora, de los disparos, de los rockets, de la metralla. En mis oídos, ese día de paz, todavía podía escuchar el llanto nocturno, e incluso hoy cuando escribo estas líneas, más de 18 años después, entonces aún, si aún me entra un silencio, un silencio que me transporta en el tiempo, en el espacio; bajo la mirada, de forma automática, quizá por los muertos, quizá por la vida, pero a pesar del ruido en mi oficina, a pesar de eso, solo puedo enfocar mis manos en el teclado del computador. Es como un silencio reverente.

El silencio es solo un componente, un silencio compuesto por el sonido de gritos, de llanto, por disparos, de plegarias, por súplicas; todo eso es solo parte del recuerdo, pues el olor a miedo, al sol que alumbraba sobre “buenos” y “malos”, y que alborota, expande, intensifica el olor a sangre de gente en el asfalto, en el concreto, donde sea; el sol hace que las partículas descompuestas aumenten su intensidad en mi nariz. La sangre no solo esta tirada por doquier, está presente donde voltees, parece el infierno, un infierno llamado la Zacamil.

El olor a paz, la bendita paz de los muertos; ese también viene a mí; quise decir a mi memoria, pero no pude, pues viene a mí completo, intacto. El olor a carne cocida, a carne humana; ese olor a que se acabó la joda, que se acabo la guerra, al menos por esta vez. La guerra, el combate lo que sea. Hoy por hoy cuando escucho disparos, mi cuerpo se sobresalta. Ese es el olor a la paz que vuelve a mi.

Cuando uno está cipote, y vaya que uno de cipote es tonto, quiere ver todo, ser testigo; pero para que nos damos paja, también olía a la aventura, al morbo, a querer llorar y ver algo diferente, a encontrar rastros que pudiéramos guardar como historia objetiva en un casquillo, en una bota, en una insignia, era medio tonto yo, ya se pueden imaginar que me pasaría si un soldadito, un guardia, quien fuera me agarraban con eso.

Recuerdo que baje las gradas, cerca de la tienda de niña Chela; en ese momento todo era expectación, todo era como nacer de nuevo, como salir libre de la prisión de la ignorancia, de esa construida con punto cincuenta. Comencé a caminar hacía la escuela, la metropolitana, atravesando el campo de fútbol, era sin saberlo un reportero para mi familia, un curioso, un blanco seguro para aumentar las bajas del enemigo; o quizá solo seguía mi morbo, (he de ser morboso yo, esta es la segunda vez que lo digo en estos párrafos) creo sin embargo era el anhelo y el deseo fervoroso de mi oración diciendo estoy vivo y espero que mis amigos, mi familia, mi gente también lo esté.

Tantos muertos, pero ojalá que sean muertos que alguien más llore, menos yo, menos los míos, que se muere quien sea, menos los míos; una invasión de egoísmo, pero me pregunto qué más tenía.

Después de la fiesta, creímos que solo era una balacera más, y que la policía estaba siendo atacada. Sin embargo nos dimos cuenta de que no era así, jajaja, un par de días después, pues no había habido enfrentamiento de esa magnitud en los 10 años que teníamos de vivir allí. Pero mi gente salió buscando sus respectivas casas, una mañana durante esa ofensiva. Otros se quedaron en mi apartamento, luego del matrimonio de mi madre y mi padrastro. Este era de verdad, no de los que los muchachos habían organizado.

Quien dice que en la guerra no se puede gozar, en la guerra se aprende a vivir, a ser parte del fenómeno, a adaptarse; a experimentarnos como seres vivos, como seres que sienten; como seres que pueden crear su entorno. A uno de mis amigos le fue de lo mejor, una invitada de solo 14 años, le practicó un oral de aquellos, no estoy hablando de enjuague bucal con listerine, aunque bueno!!!. Era la media noche del cuarto día, cuando ella llegó sobando su trasero a la …, es que me da pena decir pa..., pero bien a su pene, no al suyo no, al de mi amigo. Y bien, la niña decía que era su primera vez, pero de acuerdo a mi chero, quizá la primera vez esa semana. Pero dejémonos de sexo, es más hasta quien sabe que hoy demanden al pobre, por pederastia, y eso que no se hizo sacerdote, eh.

Habrá sido que la niña quería ser mujer, pensó que sería su última oportunidad. Este no es chiste, tampoco es paja, es real. Cuantas veces hacemos cosas sin pensar, pero cuando debemos hacerlas, lo pensamos demasiado. Quizá ella experimento el gozo, la gloria, a pesar de las balas, de la muerte, de la sin razón.

Ese día de noviembre, el primer muerto, quizá es que más me impacto, era un anciano de unos 70 años, camisa a cuadros, roja creo o azul, me traiciona la memoria, en esos detalles; pero no olvido el pañuelo blanco en su mano derecha, tomado firmemente entre su pulgar y su dedo índice, a pesar de su rigidez, y cerca de su mano izquierda un cartón de huevos y una bolsa de frijoles. En su mano derecha, un teléfono 27…., algo escrito con tinta azul.
Reacciones: