domingo, 27 de abril de 2008

Diez después de los Treinta

Tu cuerpo torneado con la elegancia de los cuarenta
produce en mi alma y en mis manos la misma sensación
que cuando veinte años no habían pasado,
eres energía que quema y me recorre de punta a punta
despertando pasión, ganas de ti como dulce tentación.

Tu geografía perfecta, tu sabor a hembra, tu sabor a mía
endulzada en la miel, me invitan a recorrerte entera
con mi lengua sedienta para catar una vez más tu filosofía,
y que hoy diez después de los treinta, en mi anatomía
producen lo mismo que cuando te hice mujer.

Dos décadas pasaron ya, desde la primera vez
que escale tus montañas, que recorrí tus montes,
que penetre tu vientre, donde te encontré constante
mi amada ardiente, pues te amaré por siempre.
Eres, a la que hoy no cambio ni por dos de veinte

Ayer, cuando cambiaste los libros por mis caricias
y en mi cuarto de adolescente penetre tu historia,
derrame en tu cuerpo mares y ríos cargados de estrellas
que dibujaban siluetas, y sin saberlo escribían poesía
con aroma a nuevo, con sabor a virgen, me enamoré de ti.

Hoy, en el éxtasis consciente de la exquisitez de tu cuerpo,
de tu madurez, de tu edad perfecta, renuncio a la esposa
para convertirla en amante, en la libertad y la gloria
del recuerdo incesante de tu perfil editando en mi mano
por siempre, la caricia perfecta, la que te hizo mujer.

En mi cama mientras duermes recorro con mis dedos
la longitud de tu espalda,
y no tengo otra cosa en mi mente
que hacerte el amor.
a pesar de ti
a pesar de mí,
a pesar entonces de tus gritos, de tus llantos
aún como ahora, que de nuevo te perdí
te amo por siempre Princesa,
diez después de los treinta, más que cuando te conocí.

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