miércoles, 16 de julio de 2008

La Sopa de Piedra, del Río Sucio

Juan Carballo,
Ese será tu nombre. Juan Carballo.
Juan Carballo, ese soy yo, seré yo y me recordarán por ese nombre. Juan Carballo. Ese fue el día que inició esta historia. En un pueblo pequeño, de un país pequeño, de hecho en el pulgarcito de América. Allá donde a pesar de la deforestación, todo es verde, al menos fuera del centro de la ciudad. Juan Carballo, que diremos de él, que haremos que diga, o que haga este personaje, que desde la ducha en la mañana resuena en mi cabeza.
Juan Carballo, el hospital no puede mantenerlo aquí de por vida, así que debe abandonar nuestras instalaciones ya. De inmediato, es decir ipso facto, váyase, lárguese, márchese, y todos los verbos que digan fuera.
Pero, pero yo no sé quién soy. Para dónde voy, qué haré, cómo me voy. Hacía donde me voy. Y la enfermera solo dijo, mi amigo, ese es su problema, usted ya no tiene nada que hacer aquí. Además usted produce contaminación visual con su presencia. Sáquese, debería estar agradecido que lo hemos curado. Allí en su pantalón esta la nota que dice, Juan Carballo, te espero en la iglesia El Rosario. Firma, A, TQM

Ese día Juan salió de las instalaciones del hospital San Juan de Dios, con lo mismo que había entrado, sus bolsillos estaban repletos de la nada. Esa nada que es la fuente donde todo puede aparecer. Pues es en ella donde nosotros podemos crearlo todo. El papel, quizá era su único tesoro, quizá era parte de la nada. Pero lo hizo pensar.
Juan camino, día y noche, tratando de salir de la ciudad, esa ciudad que no le había brindado nada, solo tristezas. Nuevamente la nada, era el factor común. El camino es largo cuando uno va de Santa Ana a San Salvador, sobre todo cuando uno va a pie. Pues nadie quiere recogerlo, y uno que no se quiere re dejar. Nadie le quiere dar un aventón, ni menos llevarlo de gratis en el bus.
Mal comido, mal dormido, sin agua Juan dejo caer su cuerpo a la vera del camino. Allá donde ni los sopes buscaban. No era apto para ser comido por los sopes, digo el hombre no estaba muerto, a pesar de que su voluntad, sus esperanzas y sus anhelos ya habían entrado en putrefacción, por no haber sido sepultados a tiempo.
El segundo día, llegó a un pueblo cercano al río sucio, y pidió por las casas para comer, pero la gente le decía que no tenían nada para darle.
Un par de tortillas viejas decía el Juan Carballo, una de esas que ya no sirven, una por favor. Con hambre, cansado, se entrego, se rindió totalmente a la voluntad de Dios, sin replicar, sin remilgar; y dijo para sí mismo, he luchado, más le entrego esto a quien pueda.
Durmió plácidamente en un silencio profundo, un silencio donde la luz invadía a la oscuridad, un silencio donde sintió consuelo, un lugar donde la sabiduría y la bendición son para todos. Estoy en el cielo dijo.
Cuando de repente, un pájaro malcriado cagó su cara. Estoy de nuevo en la triste realidad, se dijo a sí mismo. Cerró los ojos con la intención de dormir y olvidar la vida. Pero solo conseguía escuchar su corazón. Abría los ojos y solo entonces volvía al mundo. Ese lleno de nada, en la nada están las oportunidades, allí está la bendición sentía algo en la cabeza que sin palabras le clavaba la idea. Toi loco, gritaba para sus adentros, estoy delirando del hambre que tengo, pobrecito yo. Se conmiseraba solo.
Cerró nuevamente los ojos. Esta vez, solo escuchaba su respiración. Despacio, continua, suave, se convertía en el aire, que entraba, en el que salía, y sintió paz. Se entrego por completo a la situación.

- "Buenas tardes, Señora. ¿Me da algo para comer, por favor?"

- "Lo siento, pero en este momento no tengo nada en casa", dijo ella.

- "No se preocupe - dijo amablemente Juan Carballo -, tengo una piedra en mi mochila con la que podría hacer una sopa. Si Ud. me permitiera ponerla en una olla de agua hirviendo, yo haría la mejor sopa del mundo.”

- ¿Con una piedra va a hacer Ud. una sopa? ¡Me está vacilando, no me de paja! Usted ya parece Arenero en plena campaña, pues hasta láminas para terminar la champa andan ofreciendo por ahí. Como que se tratará nada más de la champa y la lamina, veya usted que ha de venir de por esos lares donde mienten con tanta facilidad que hasta presentadores de televisión parece. Y no es que me lo esté “cuentiando”, que ni chulo esta.

- En absoluto, doña, se lo juro. Deme la olla más grande que tenga, hasta la tamalera, y ya va a ver. Créame por favor, ya verá.
“Vide” usted, le dijo la doña, pero Juan, este nuevo Juan expelía algo raro, como una presencia más allá del cuerpo.

La mujer buscó la olla más grande y la colocó frente a la puerta. Vaya usted, si es que yo no sé pa que ando creyendo en gente como usted, pero es que.
Es qué, ¿qué? , le pregunto Juan.
Nada dijo la doña. Nada, ahí tiene la olla.

Juan Carballo le dijo que como la sopa que haría sería tan deliciosa, la haría en el parque del pueblo. La señora se puso a reír y se dijo, pobre loco. Le tendré compasión, pero solo eso. Hay la olla, esa por último, ni la ocupo. Pues el sueldo no me alcanza ni pa los chojolitos fritos. Pero bien.

Juan encendió el fuego, y puso la olla con agua. Cuando el agua empezó a hervir, la señora ya se había encargado de irle a decir a la niña Chela, a la niña Toña, a la Karla, a la doña Leonor, y hasta niña Flor se había enterado al otro lado del pueblo. Es más, todo mundo en ese pequeño pueblo, estaba viendo el espectáculo de aquel loco, el pobre Juan Carballo cocinando una piedra.
Cuando el Juan hecho la piedra a la olla, se mataban de la risa. Los vecinos de algunos cantones vecinos se quedaron a ver el “show”. Pero cuando unos minutos después de que Juan hecho la piedra en la olla, y la probo con un cucharon que le dieron junto a la olla, dijo con una luz en los ojos:
- ¡Deliciosa!, pero creo que quedaría mejor con unas papas.
La niña Chela, que ni lenta ni perezosa se había acercado al parque dijo, yo tengo en mi casa, una vez Juan le hecho las papás probó de nuevo la sopa, y dijo que ya sabía mucho mejor, pero creo que con unos pipianes, y unos güisquiles quedaría mejor. Hasta con elotes, pues.
La Adela, esa que es bien chute, la mera criticona del pueblo, dijo, nombe, si este maje si está loco. Pero cuando vio a Juan, sintió algo en su corazón, no enamoramiento, ni agarre, ni encule, pos la verdad, el Juan no era agraciado, pues era feyo, con y, y no feo. Fello, feyo o feo, como quieran. Pero algo nació en el corazón de Adela, que sin pensarlo grito, yo se las traigo. Dicho y hecho.
El Padre Tacho, que estaba observando desde lejos, dijo: Yo creo que si le ponemos carnita, quedaría mejor, no le parece Juan. Y Juan se quedo extrañado, lo habían llamado por su nombre. De inmediato dijo, si Padre Tacho, quedaría más gustosa. Y el Padre se fue sacando unos trozos de carne inmenso, no sean mal pensados, he, por favor.
La onda es que todo el mundo pasó a ser de meros metidos, y mirones, a colaboradores de la gran sopa. Como por arte de magia, o quizá como parte de un universo colaborando estrechamente con la voluntad divina.
Juan gritó, "¡Platos para todo el mundo!".

La gente fue a sus casas a buscarlos y hasta trajeron tortillas recién palmeadas y fresco, hasta unos mangos y unos guineos aparecieron por allí.


Luego se sentaron todos a disfrutar de la sopa con sabor divino.
Lo más raro, es que todo mundo se sentía extrañamente feliz. Compartían por primera vez, más que su comida.

Juan Carballo desapareció dejándoles la milagrosa piedra, que podrían usar siempre que quisieran hacer la más deliciosa sopa del mundo.
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