sábado, 12 de julio de 2008

La Mejor Sopa del Mundo, primera versión.

La receta como tal es sencilla, sin embargo, sus componentes son insustituibles, no pueden ser reemplazados, ni intercambiados. Dos tomates, del Santa Cruz, agua, un par de cubitos Maggi, y mucho, mucho amor y rendición. Esa fue la mejor sopa que Carlos probó en toda su vida.

En los edificios de la Zacamil, durante la guerra todo podía suceder, y en la escases, si uno la piensa bien, llega la abundancia. El personaje de esta historia es Carlos, aunque allá en la Zacamil, al personaje le podríamos llamar Moncho, Juan, Juancito, Mario o Luis, hasta Karla y Susana. Realmente como quieran; por hoy diremos que Carlos disfrutaba en las aceras de los pasajes de la Zacarracha, como cualquier niño, sin importar mucho la economía, ni la guerra, ni la huelga en ANDES, que hasta la disfrutaba; no sabía mucho de los escuadrones de la muerte, más que no meterse en lo que no le llamaban, no hablar de política, ni de la música de Mercedes Sosa, esa que canta una canción que dice que solo le pide a Dios; y menos esa de los benditos Guaraguo, y sus casas de cartón; sabía muy poco de lo que pasaba en las calles y en las montañas de la pequeña república de El Salvador. Pero sabía mucho del amor de su madre.


La carencia de bienes materiales es irrelevante, mientras los bienes en el reino de la posibilidad no escaseen. Pues a pesar de que ese día, la madre de Carlos le sirvió la sopa con lágrimas en los ojos, el Amor en su corazón hizo que esta, la sopa, rebosará de condimentos, de nutrientes esenciales, y sobre todo de saborizantes naturales. Jamás este chico probó una sopa mejor. Y no es porque esa fuera la última; sino la primera de las bienaventuranzas que recibió.

En las lágrimas, en la rendición total, encontraron la llave y la solución a todo en la vida.
La riqueza, que si bien la acaricia actualmente, no es solo bienes materiales. Es más que eso, es la carencia de necesidades; y esto ocurre, solo cuando nos damos cuenta que estamos completos, y encontramos en el momento del ahora, la paz, la presencia divina nuestra en la tierra, y en Dios, nuestro creador.

En el ahora, pleno y autentico, no hay problemas, porque al menos por un momento hemos dejado el pasado en el pasado, y el futuro lo escribimos en ese instante; no estamos expectantes a él. El vivir el ahora, donde no hay problema absoluto, es la puerta de entrada al reino verdadero, donde hay muchas mansiones.

Una sopa, que podría pensarse en desabrida, se convierte en el catalizador de una relación iluminada entre dos seres perfectos. Es como la transformación del agua en vino, sin ser presuntuosos. Cuantas veces hemos podido transformar el momento del ahora, de lo cruel, de lo triste, a lo iluminado, al amor. Eso depende de la sintonía que tengamos, de la frecuencia de onda donde estemos, y que aceptemos.

Esta es la primera versión de esta historia. He tratado de escribirla varias veces, más no he podido hacerlo. Hoy, a las 2:55 de la madrugada, me nace escribir esto.

El ahora, vivir y sentir el ahora, en la ausencia de pensamientos, en la ausencia de ayer, y sin la expectativa del mañana. Allí, es la puerta a lo absoluto, donde la profundidad de nuestro ser inicia.
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