jueves, 26 de junio de 2008

Deportado, Primera Parte

DEPORTADO (Primera Parte)
Escrito original de Daniel Joya

Nota: Le agradezco a Daniel Joya, su gentileza y confianza por permitirme publicar sus escritos; esta es la primera parte de "Deportado". Para facilitar su publicación, "Deportado" se posteará en capítulos. El correo de Daniel es
danjoyas@yahoo.com.

I
Salió del aeropuerto impactado por el mar de gente arremolinada en el área de espera. De entrada no podía distinguir entre la alegría de los que venían a repisar el suelo patrio y el júbilo de quienes impacientes esperaban a los ausentados. Tampoco diferenciaba entre la congoja en los que se despedían y la impotencia de los que veían partir. En los aeropuertos de hoy, como en las terminales de autobuses medio siglo atrás, la gente se aleja y reencuentra, en la dinámica de marañosas jugadas del destino que obligan a dejar la comodidad de su sala para ir en pos de ilusiones. Llamémosles por esta vez sueño americano, para asumir que una vez al otro lado ya nadie querrá despertar, como medida de auto defensa ante los embates de recuerdos que crudamente cercenan los deseos de volver; un éxodo sin Moisés hacia la tierra que fluye dólares y esperanzas, salvo que en este caso se va del desierto hacia Egipto.

Para los Salvadoreños partir no solo encarna el inicio de la proeza, sino que viene a ser la última alternativa antes que quedarse a esperar la defunción, por hambre u otro efecto colateral del violento Neoliberalismo. Antes la familia se separaba dado el espíritu aventurero de la figura patriarcal o el batir de alas de la prole, hoy la pobreza que ya tocó fondo en los hogares mestizos, concurre en el trayecto al descalzo con pocas letras, al empleado corbatudo y hasta a la madre recién comenzando amamantar. Estos aprendices de refugiados, “guanacos hijos de puta” haciendo poesía de amor para Roque Dalton, son los eternos errantes que en su momento se anotaron para trabajar en las bananeras Hondureñas y a pesar de Somoza también fueron a Nicaragua a tomar provecho de las oportunidades del trabajo agrícola. Otros sin saber adonde quedaba, presente la fiebre del oro negro, se embarcaron hacia Arabia Saudita, sin quejarse de lo arenoso y pegajoso del sol desértico. Hubo así mismo, los que con igual empuje abonaron con sudor y sangre la construcción del Canal de Panamá. Dicen que los salvatrucos han sido vistos moviéndose de aquí para allá, del oriente al occidente, de norte a sur, y viceversa, ganándose el
sustento en el mismo ombligo del diablo.

II
Con el advenimiento de la guerra civil algunos se alejaron por temor a volverse blanco de la desenfrenada ayuda militar Estadounidense. Así se formaron colonias guanacas en Canadá, Cuba, Suecia, Estados Unidos, Nicaragua, Australia y quien sabe en cuantas otras esquinas del planeta. Pasado el conflicto armado se creyó que el flujo de diásporos menguaría, más nuevamente sobraron los motivos y se acentuaron los deseos de escapar para no ser devorados por la nefasta propiedad privada en función de pocos.

El personaje de este relato era un hombre que retornaba forzado por el destino, no para cumplir con el dicho de “la que es puta vuelve”, mucho menos porque el ombligo le llamara. Era un retorno sin plan previo, carente de razonamiento o de reposada decisión. Lo mandaron de romplón y ahora se resituaba dentro de las veintiún mil (o menos después de perdidos los bolsones fronterizos en el litigio de La Haya) tiras de suelo que le parieron.

Salió del aeropuerto impactado por el mar de gente arremolinada en el área de espera. Era asombrosa la cantidad de viajeros en las terminales y áreas de recoger equipaje, volviéndose interminables las filas en aduanas; copiaba un panal aquel murmullo de voces de las que solamente decodificaba los deseos de estar entre los suyos. Los bultos humanos moviéndose en líneas desordenadas extrayendo maletas de las bandas y vestuarios de diferentes diseños y colores parecían dar cuenta de cuanto cambió su país en los últimos quince años. Se fue a sus veinticinco, casado y con la responsabilidad de dos hijos; sin otra visión que la de sobrevivir ante una guerra civil que parecía estancada, cual olvidada en el temible antioasis de la historia. Bombas por doquier, el rechinar de la muerte, destrucción desoladora y ante todo la psicosis generalizada marcaron para el pulgarcito de América, lo que algunos llamaron: La década perdida (Eran los 80s que enrumbaban al autoexilio).

Cuando partió el conflicto lucía sin patas ni cola, insertado para quedarse en la vida diaria de aquel pueblo por el que nadie daba un centavo, dado su asentamiento en el más diminuto rincón del istmo Centroamericano: El Salvador, el otrora apodado “país de la sonrisa” se contagió del odio de la guerra fría, saturándose sus calles de tristeza y cadáveres mutilados por las más burdas tácticas contrainsurgentes de policías, militares, paramilitares y otros productos enlatado en el Norte. Así se callaban los reclamos por justicia, entre experimentos de exterminio diseñados por los penta-expertos en genocidios.

José, nombre de pila de este individuo, estaba otra vez en su tierra, deslumbrado ante el vaivén de la terminal aérea, tan confundido como en sus primeros años de existencia. De niño soñó con ser profesor, embriagarse con letras, elocuencia al exponer y persuasión en el discurso. Quería facilitar el milagro de la estimulación temprana entre los cipotes de su cantón. Anheló profundamente incorporarse al magisterio, más fue obligado a prestar servicio militar antes de terminar la secundaria. Esa tarde de abril regresaba de una fiesta de quince años cuando el retén de soldados lo detuvo en calidad de recluta, sin pedirle permiso ni opinión política. Ese era el servicio militar obligatorio; técnicamente secuestro bajo la amenaza de represalias contra quién expresara no estar de acuerdo. Algunos al servicio militar o “platada” lo consideraban un mal necesario para no morir de hambre, para otros constituía la manera de obligar a los pobres a defender la comodidad de los ricos o un compromiso que todo joven debía cumplir más temprano que tarde. En aquél contexto de zozobra, abundaban motivaciones y faltaban cuerpos para renutrir los batallones diezmados a diario por la guerrilla.

A los cuatro años salió el hombre de baja, harto de ver matar y morir, con las vidas de ciertos desdichados arrebatadas por sus manos. Durante más de alguna de sus misiones con la Sección II se cuestionó si, aunque ateos, no sería pecado torturar a los sospechosos de comunistas. Sin embargo, sus asesores gringos, manipulando la Biblia, le aseguraban que matar por la patria constituía el más elevado deber Cristiano, que el comunismo representaba al anticristo y que cualquier profesante de tal devoción era instrumento del mismo cachudo y por lo tanto necesario de exterminar. En cuanto a la tortura, le enseñaron en su unidad que esta venía a ser simple técnica para extraer información de inteligencia, de los inamparables por los Convenios de Ginebra. Se tragó el cuento que en el mundo democrático el Presidente de los Estados Unidos decide a que país e individuos etiquetar de “freedoom fighters”.

A pesar del bombardeo ideológico a que estuvo expuesto, odiaba la guerra, tanto por las atrocidades que evidenció, como por las secuelas destructoras en la juventud, sector que en definitiva aportaba el más alto porcentaje de cadáveres. Estaba convencido que la guerra era injusta porque no solamente bloqueaba sus ilusiones sino también los sueños de muchos de su generación. Entendía que las suyas, como tantas otras fantasías juveniles de cambiar el mundo fueron abortadas al pretender realizarse en la época equivocada; desgraciadamente sus utopías nacieron en los tiempos de preferir un tiro en la cabeza a la capucha y técnicas de interrogatorio enlatadas en Washingto. Y en una de esas veces en que violentando las puertas de una vivienda humilde entró con dos de sus compañeros de armas, rociando los treinta cartuchos del M-16, al encender su lámpara de mano descubrió que el nido de subversivos denunciado por el oreja del lugar contenía una mujer preñada, dos impúberes desnutridos y un viejo encorvado por duros años de labrar la tierra. Los rostros desfigurados por las balas 5.56 mm. y el estomago tembloroso, brincando en desespero por salir del vientre de la muerta le hicieron repugnar de sí
mismo y su complicidad con aquel nivel de deshumanización, perdiendo el conocimiento allí donde estaba. En adelante similar corriente de sudor helado le volvería hacer colapsar frente a las emociones fuertes. No obstante su obstinación por hallar cura, Médicos, Psicólogos, curanderos, religiosos y bartenders no pudieron recobrarlo.

Terminó sus dos años de servicio militar no muy satisfecho con la vida en la carrera de las armas, por lo que en sus restantes dos años de reenganche pidió se le colocara en el batallón administrativo. Su rol militar pasó de buscar, investigar y exterminar a sospechosos de actividades subversivas a escribiente y asistente del Coronel. Pasados cuatro años de vestir verde olivo y ocasionalmente camuflaje, la realidad le reiteró que si bien los insurrectos fueron contenidos en su avance territorial, los pobres seguían sin esperanza. Se le hizo obvio que la democracia occidental de tercer mundo no era equitativa, y que su tierra únicamente producía dos especies de individuos: los nacidos con estrella y los paridos estrellados.

Frustrado en sus planes de vida, luego de continuas borracheras, putiadas contra la miseria y búsqueda de un trabajo dignamente remunerado, prefirió emigrar clandestino a los Estados Unidos que quedarse y engrosar la de por sí apretada fila de caídos en combate.

Y se fue, para ulteriormente ser regresado y descubrir que viajar de Norte a Sur toma unas cuantas horas, que se multiplican en semanas y meses si se va en dirección contraria. En todo caso, lo importante es que se fue haciendo el camino por desconocer la ruta; semejante proeza inspiró a retratar la Odisea del Norte, tragedia amenamente escrutada por la lupa de Mario Bencastro. De varios intentos en Tijuana, no fue sino hasta el cuarto cuando pudo pisar el otro lado. Ya en Los Ángeles trabajó en fábricas, restaurantes, limpieza y bodegas, hasta que por ultimo un amigo radicado en el Distrito de Columbia le invitó a trasladarse, compartiéndole que la remodelación de casas pagaba buen dinero y que el área metropolitana de Washington abundaba de construcciones. Este amigo en solo dos años logró pagar los gastos del viaje, ahorrar diez mil dólares, comprarse un carro deportivo y agregar dos cuartos y un corredor suelto a la vivienda
donde creció.

Una mañana tomó su maletín, empacó sus pocas pertenencias y dando las gracias al tío Marcelo por la posada de siete meses se fue a la estación más cercana de la Greyhound comprando un boleto de solo ida para Washington DC. Algunos gringos que le asesoraron sobre operaciones antiterroristas eran de ahí. De repente los vería y entre las viejas risas al calor de los tragos y una bachita de mota en cualquiera de los prostíbulos locales, le ofrecerían colocarlo en buen empleo. Seis largos días pasaron para que el bus finalmente llegara a su destino. Con las nalgas resentidas por tanto ir sentado, las patas hinchadas y el cuello doliente, fastidiado de coca colas y cheesburguers del McDonald’s, solo le confortaba la esperanza de alcanzar su nuevo destino, trabajar duro y mandar a traer a su mujer tan pronto como le fuese posible. El plan era echar riata juntos hasta recoger la cantidad suficiente que les sacara de la pobreza. Estaba entre sus planes para el retiro adquirir unas cuantas manzanas de tierra fértil, cultivarlas con maíz y hortalizas, pastar allí las vacas que compraría y con la pequeña granja que montaría en el patio de su casa alimentar la porqueriza que luego vendería al mercado para destazo. Las variantes de
la vida, le demostrarían que el hombre propone, el medio condiciona y Dios dispone.

Una vez ubicado en DC, consiguió trabajo como ayudante en una compañía de remodelación de viviendas. Debido a los aumentos anuales de salario, promociones y otros incentivos se mantuvo allí por once años hasta que decidió emprender su propio esfuerzo. Llamó BIRI a su creación empresarial, haciendo remembranza de sus años mozos en el batallón de infantería de reacción inmediata, cuyo nombre prefiere omitirse en esta historia. Con eso rescataba la rudeza con que alguna vez fue formado para el combate, solo que ahora la aplicaba habilidosamente en una empresa no comprometida con la eliminación de sus semejantes.

Cual si se hubiese bañado con ruda, no le iba tan mal en el negocio, le sobraban contratos, los empleados le producían arriba de lo previsto, repuntando su pequeña compañía entre las eficientes subcontratistas de la Clark, así que dinero no faltaba en su billetera. Sin embargo, en segunda tarde de abril el infortunio se rió en su cara; uno de los trabajadores se accidentó mientras cambiaban un roof residencial. Con todo y que el seguro no le respondió en un cien por ciento pudo arreglar con la familia del difunto y si bien el negocio no le recuperó al nivel de ahorros previos, ganaba lo suficiente para mantener a los suyos en el estatus decente que disfrutaban. Ahora con la deportación se le presentaba otra crisis a superar. De hecho, el mayor reto de su vida. Por suerte, todavía contaba con Raúl, un gran amigo, que se hizo cargo de la compañía desde el primer día de su detención, prometiéndole que a su regreso le entregaría las riendas de ésta con todas las ganancias acumuladas.

Raúl era un tipazo, con el que tomaban religiosamente todos los fines de semana, su calpián de beba y visitas a los antros, alguien con quién contaba incondicionalmente, con el único que permitía a su mujer ir a cuanto evento social a él se le dificultase asistir. El chero no le inspiraba celo en absoluto, no obstante las ocasiones cuando le regresaba a su vieja después de la media noche, exhausta y nauseabunda, con la falda arrugada, las medias rotas y botones de la blusa perdidos, con el maquillaje corrido, aliento alcohólico y el pelo mojado. Este era su amigo y confidente, alguien que estuvo de alta en su mismo batallón, el enfermero que lo auxilió el día de su desmayo en la casa de los cuatro y medio muertos. Era el camarada incondicional, algo así como el perro de la casa, con llaves y acceso irrestricto a su residencia, pendiente del bienestar de todo y todos, presto a servir, él que aseguraba no podría traicionarlo. Su pequeña compañía y familia no quedaban en total desamparo. Lo mejor era que Raúl sería capaz de sacrificarse sin reservas por los intereses del compañero, de ser menester, para imponer el respeto que conlleva la presencia de un hombre, aún durmiendo en su casa, a fin de velar por la seguridad de la familia. Eso justificaba las sanas atenciones de su mujer llevándole café y desayuno a la cama los días que allí dormía, cosa que no hacia ni con el mismo esposo. Bueno, bueno, hasta allí muere, para no seguir en detalles que pudieran dar rienda suelta a elucubraciones; seria absurdo pensar mal de su cuate del alma.
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