viernes, 6 de junio de 2008

Así conocí a un escuadronero


Una Historia. Una Guerra 29 años después. XI Parte


Probablemente eran las 11 o 12 del medio día, cuando me habían dejado en la compañía de Don Mario, un oculista empírico que tenía su propia óptica. Era un hombre afable, de buen carácter, normalmente se vestía bien chivo; casi un metro sexual de hoy en día. Mi madre y mi tía postiza estaban consultando el oráculo cerca del Colón en Santa Ana. Allí donde un señora que tenía mucha fama de ser bien acertada con las cartas.

En su carro, un Datsun azul, esperábamos mientras ellas salían de ese lugar. En algún momento un grupo de soldados se paro en frente de nosotros. Vino don Mario y me dice riendo, esos tipos se me cuadran. Y se seguía riendo. No lograba entender lo que decía; por mi cabeza de 12 años pasaban tantas cosas. Y me puse a reír. Eso quizá invito a este tipo a agacharse y sacar debajo de la alfombra del pasajero una Uzi. Y me repitió un poco menos sonriente, esos pendejos se me cuadran. ¿Quieres ver?, me preguntó. A lo que respondí que no.

Soy la ley para esos cabrones, y hacen lo que yo digo. Esos tipos me obedecen en el acto, y la letanía de orgullo seguía. En ese momento llegue a pensar que era un compa, alguien en quien podía confiar; pero algo me decía que no abriera la bocota. Algo dentro de mí gritaba, queda te callado. Mil y una vez me dieron ganas de decirle a mi tío también se le cuadran. Cuando en eso bajo la metralleta por que venía mi mamá con la tía postiza, quien además era mujer de este don Mario.

Creo que Dios mando a estas mujeres de regreso, la tía dijo, saben que no nos pueden atender, no recuerdo exactamente la razón del porque no nos pudieron atender, pero la onda es que regresaron. Así emprendimos el viaje de regreso hacía San Salvador, no sin antes pasar por el hospital San Juan de Dios de Santa Ana, a visitar a algunas amigas de mi tía, quien era enfermera. Creo que en lugar de San Salvador directo, nos fuimos para Chalchuapa a comer yuca con chicharrones.


Algún tiempo después, cuando el concubinato de mi tía con éste señor se estaba deteriorando; un día mi madre me contó que Claudia, a la que llamó tía, le había dicho que no aguantaba el maltrato de este señor. Quien en la noche llegaba manchado de sangre, que la casa en la que vivían en la miramonte la dejaba llena de sangre, pues los zapatos estaban bañados en ella; el rastro que dejaba era increíble. Normalmente decía, llega bañado en sangre y me quiere agarrar sin ni siquiera bañarse y quitarse la sangre de encima. Por lo que pude entender en esa época, ya casi a mis 14 años, es que este tipo en su frenesí se le despertaba el libido.

Entre las anéctodas que contaba esta Claudia, es que en medio de hacer el amor, le confesaba los crímenes y torturas, que le había sacado las uñas a la tipa de esta manera, o que le metió el cable en el ano al otro, etc. etc., etc., cosas que si bien sé, no vale la pena perpetuarlas aquí. La onda es que él tipo se exitaba más y más en cuanto contaba.

Don Mario, en el día era una tipazo, solo en apariencia; pues pertenecía a las estructuras de tortura del gobierno. Entre sus admiradores estaba D´abuisson, a quien decía que admiraba, pues si no tenía con que, aunque sea con la cuchara con la que estaba comiendo le sacaba el ojo a cualquiera, con tal de que hablará. Esto realmente me impresiono. No puedo decir que es cierto o falso, solo sé que me impresiono, sacarle el ojo al otro con tu propia cuchara, vaya.

Este don Mario, llegó a golpear salvajemente a esta Claudia, su excusa era que necesitaba matar, golpear, ver sangre, que no podía estar sin ver sufrir a nadie. Era bastante enfermiza la situación. El tiempo pasó, las historias continuaron, tanto como los golpes. La evidencia de sangre y muerte era desmesurada, llevaba dedos en las bolsas del pantalón, y otros órganos y miembros; hasta de niños. Claudia dice hoy, que no podía hacer nada, que tenía miedo de denunciarlo pues era la autoridad; más aún no podía dejarlo, tenía miedo, pues la amenazaba con matar a la parejita de niño y niña que tenía.

A don Mario se lo quebrarón, no recuerdo exactamente cuando. Pero así termino esa locura. Hace un par de años, comentando con algunas gentes, hablamos de casos como este, y mi sorpresa fue grande, alguien más sabía de esto, pues había participado en el ajusticiamiento.
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