sábado, 10 de mayo de 2008

Una Historia. Una Guerra 29 años después. Quinta Parte

Cuando conocí a Mardoqueo Cruz – Modesto Hernández
Allá por el mes de Octubre, en una de esas tardes hermosas de nuestro querido El Salvador, el sol ya pintaba los celajes anaranjados que tanto me gustaban, por su sabor a vacación, a fin de escuela, por su sabor a compartir un poco más con los amigos.

Era una tarde como para elevar piscuchas, pues la brisa soplaba suave, pero suficiente; el cielo definitivamente era el lienzo de un artista que elevo su sueño al universo. Esa tarde memorable, mi tío “el Lencho” llevo a la casa a su amigo, Mardoqueo, un tipo con una sencillez y un ángel dentro, o al menos eso era lo que proyectaba en mi. Creo que no habré tenido ni los 12 años para entonces. Mardoqueo Cruz o Modesto Hernández, eran los pseudónimos de esa persona que había entregado su vida a la lucha armada; a la causa de la revolución y liberación de su pueblo; era para mi gusto, un Mesías, un enviado de Dios; alguien que sabía que Dios se experimenta actuando; según nosotros pensemos.

Los recuerdos hoy en día vienen a mi mente en destellos vagos y borrosos; su cuerpo delgado, alto quizá un metro con setenta y cinco, su cara rasurada, vestido con unos jeans y camisa manga corta. Definitivamente de lo que si me acuerdo es de su estatura, más alto que yo, y no es que yo fuera chaparro, sino que él era alto que el promedio para la época; creo que ahora soy más bajito que el promedio, pero esta es otra época, al fin y al cabo sigo siendo chaparro, pero no tanto como antes. En este momento a 37 mil pies de altura, 2 horas de sueño y habiendo volado más de 12 horas y saber que aún no llego a Estambul, tengo que contarme chistes yo solo, pero la verdad es que mi memoria no esta funcionando bien; otros órganos si, por si se diera el caso de que alguien piense de manera involuntaria en funcionamiento glandular, hormonal o de coordinación de … lo que sea.


Creo que le debo dar más seriedad a este asunto. Mi recuerdo de Mardoqueo, trae a mi mente su bolsita de papel de empaque, de las que daban en el súper del Tío Paco, en la Zacamil, bueno como las de McDonald´s. Siempre pensé que allí andaba su comida, un pan o algo para aliviar el hambre. Y de hecho, Lencho mi tío, me lo confirmó. Pero en esa bolsita no andaba exactamente pan, ni comida; Modesto cargaba lo que él creyó necesario para realizar su sueño, el dar alimento a más y más gente, de manera justa y permanente. Modesto andaba allí su “cuete”; para protección personal y su instrumento para luchar por la verdad, en la que él creía; en la que yo aún creo firmemente. Justicia e igualdad de oportunidades para todos; lo que no es lo mismo que solo igualdad.

A estas alturas, y no por los 37 mil pies, sino por el tiempo que ha transcurrido, creo que era colocho, y su cara trigueña con un poco de acné, sin embargo insisto en que no es esto lo que quiero resaltar. Tampoco quiero conseguir arrebatos o pasión de cualquiera que lo haya conocido, esta es la versión de lo que recuerdo; y de el cariño que le tome en un par de veces que nos vimos; incluyendo las noches que durmió en mi casa. Y eso que yo no tenía ideología, ní que era usado, pues era conciente de que ayudaba a la guerrilla.

Ya a mediados de Noviembre, cuando caminábamos cerca del mini estadio de la Zacamil, nos encontramos de frente a la PN, Policía Nacional para los muy jóvenes. Modesto siguió incólume, no se inmuto, no gesticulo nada. Siguió caminando, y sus zapatos tipo Kickers, marcaban el paso, dejando la huella de la historia en la polvorienta vereda que llevaba hacía los cuatrocientos. Era la huella indeleble que queda en la memoria de los que no escribieron la historia, pero tienen el derecho de contarla.

La reacción de Modesto era la experiencia de convivir y sobrevivir casi a diario con el hermano que defendía una creencia diferente; ese que muchas veces confundí con el enemigo. Que hoy es solo es otro salvadoreño, que comparte el pan y las penas, la angustia y la carestía, pero que sigue pensando que cambiar es malo. Ese quizá solo sea el hijo de una tía. Recuerdo que mi tío solo me miró de reojo, y me comenzó a hablar del partido de béisbol que habíamos presenciado la noche anterior. Modesto y mi tío se adelantaron, cruzaron manos y modesto me dio un apretón de manos y me dijo nos vemos bicho. Esa fue la última vez que lo vi.

Allá por la 29, cerca del que era el Banco Salvadoreño, sucursal universitaria, le entregue mi primer paquete, para ser honesto nunca supe que era. Eran unos cuadernos, los que por cierto no me dieron ganas de leer. Recuerdo la instrucción clara, camine por el lado derecho, y allí encontrará a Modesto, caminando en sentido contrario; cuando lo vea, salúdelo y pídale el favor de que le lleve los cuadernos a la casa, pues usted irá a vacilar un rato y no quiere que su mamá lo regañe. Dicho y hecho, así sucedió.

Algún tiempo después mi tío no pudo asistir a su “encuentro”, y me mando a mí frente al Rosales. Allí fue más sencillo, en teoría, pues me dijo hágase el maje, (tonto pues). Pasé una y otra vez, no aparecía, ya cuando tenia ganas de irme de pronto sentí una mano que me detuvo y me dijo queondas bicho, que andas haciendo por aquí; en eso me volteó y no reconocía a quien me hablaba; me tomó varios segundos reconocer en esa cara, en esa ropa, en esa versión a Modesto. Como que había seguido el consejo de mi tío, aún y cuando no lo había visto, me pregunto haciendose el maje, sobre su tía, que la saludará que nos llegaría a visitar. No fue necesario que le dijera nada, él sabía que Lencho no había asistido. Se despidió diciendo que le dijera a su tía que la vería pronto.

Una y otra vez, los encuentros con Modesto, me permitían admirar su camuflaje urbano, su astucia, su tenacidad, su valor y creencia en la causa. Fue esa creencia en la causa, la que lo orilló a solicitar estar en el frente de batalla, allá en el monte, donde su cuerpo fue asesinado, pero no su corazón, ni su espíritu. Contaba Lencho antes de que se lo dieran a él y me quedará sin tío; lo que será otra historia; que en misión de reconocimiento al ejército, un compa resbaló y Modesto terminó con un disparo en la frente. Yo no he terminado aún, sigo creyendo en lo que Modesto creía. Igualdad de Oportunidades. Si tenemos libertad de tomar las oportunidades, somos libres y, hasta de ideologías. Y tampoco digo que es malo tenerlas, aquel que las tenga, que las goce, pero que no imponga por la fuerza nada. Yo trato de vender, como todos en la vida, mi forma de ver las cosas, pero doy la libertad de escoger.


Hoy discutía que nosotros somos responsables de nuestro destino, de crear las circunstancias de nuestra vida, de cambiar, de elegir. Y me decían que si los niños que nacen en medio de la guerra, o en África, o en América Latina y que mueren de hambre y de injusticias, son responsables de su destino. Según lo que creo, si lo son, no concientemente, tampoco como niños; sino como el ser que llevamos dentro, el que de verdad somos. El espíritu; a pesar de lo controversial de esto, debo sostenerlo dado que creo que puedo cambiar mis circunstancias, y aceptar que alguien no puede, hace que yo no pueda. Al decir que el espíritu eligió venir a eso, también acepto que somos un solo ser; y que ese niño puede cambiar sus circunstancias a través mía . Es mi elección escoger los instrumentos, yo quiero hoy Gandhizar a El Salvador.

Ojala la causa de Modesto Hernández, de Mardoqueo Cruz, siga vigente en el corazón de muchos. Modesto no tenía enemigos, solo tenía hermanos que defender, valor, una fe inquebrantable, creía en El Salvador; y sabía que siendo luz, tenía que pulir su cuarzo interno, para proyectar al mundo, la luz de Dios.

Él tomó las armas, yo tomo la palabra y digo que vale la pena cambiar El Salvador. No combatiendo ideas, sino compartiendo las que tengo, para bien, para mal, para nada o para algo. Sino compartimos, no evolucionamos. Yo quiero evolucionar y revolucionar con eso, mi pueblo, allá donde esta mi chanti; lejos de ideologías, lejos de soberbia, lejos de lo que nos aleja al uno del otro; con libertad de ser rico, pobre, feliz o lo que sea.

Las ideas de Modesto eran grandes, pero más grande es el poder que juntos tenemos de cambiar a El Salvador.

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