viernes, 15 de mayo de 2009

¿Si no son milagros, cómo les llamo? Primera Parte


Lo primero que me pregunto a mí mismo, y no a los demás (no por egoísmo), es si creo en los milagros. Lo segundo es preguntarme ¿quién hace los milagros?, lo tercero es ¿cómo recibimos los milagros? Tengo muchas experiencias "milagrosas", y algunas de ellas incluyen cosas que serían inconcebibles como afines a Dios, en la concepción religiosa generalmente aceptada por la mayoría, pero no a su AMOR digo yo.

Más allá de eso, y para salvaguardar mi integridad física, mental y moral no las mencionaré. Jejeje.


En mi vida he tenido, insisto, muchas experiencias que las considero milagrosas. Es decir para mí son milagros, si no los son quizá debería llamarles una serie de eventos afortunados. Y si no los quieren ver como milagros, les ruego me den un nombre para ellos.

Mi Primer Varón
Habíamos contemplado los desfiles del 15 de Septiembre, no me acuerdo ya porque razón pero era la noche del 16, jaja, un poquito loco o quizá sea que tanto año fuera de mi patria no me permite recordar algo. Ese había sido un hermoso día, decíamos en la noche, con siete meses de embarazo, todo mi amor puesto en mi esposa y nuestra pancita comenzamos a hacer planes, a pensar en lo que debíamos comprar, en lo que debíamos hacer para prepararnos ya para la llegada de ese regalo de Dios.

La noche transcurrió normal, pero en la madrugada me despertó la voz de mi esposa diciéndome que se sentía mal, que quizá había comido algo y le había hecho daño. Dos o tres en la madrugada creo, le ofrecí ir al seguro social, y me dijo que no, que tenía miedo por la hora y los mareros que existían en la zonas que teníamos que atravesar para llegar.

Su dolor y sufrimiento fueron aumentando, tanto así que a las 5 de la mañana más o menos, me aventure a hablarle a mi padrastro, quien era anestesista, para consultar que hacíamos, me invitó a que nos fuéramos de inmediato al seguro de Ilopango, el doctor Cárcamo estaba de turno, y era un excelente amigo suyo.


A esa hora, tome el Toyota Corolla año de la cuca que mi cuñado me había prestado. Salimos atravesando el Pepeto, desde la San José en Soyapango, y llegamos por fin al bendito seguro. El Dr. Cárcamo ya nos estaba esperando, no con cara de amable por cierto.


Nos comenzó a preguntar qué había pasado, y al contarle procedió a tomarle la presión en el brazo a mi esposa; la expresión de su cara fue de horror.

¡No puede ser!, exclamó y llamo a gritos a la enfermera.

Esta llego con cara de regañada y le tomo de nuevo la presión sanguínea a mi esposa, y puso una cara de loca. 260 por 180 doctor, le dijo. Cárcamo le tomó la presión nuevamente y me dijo; esta jodida, no hay ambulancias por que el Seguro está en paro; ¿andas en carro me dijo?, al responderle afirmativamente me dijo, llévatela de inmediato a la Primero de Mayo, no pases por ningún lugar, directito al hospital. Me dio un papel, el cual no recuerdo haber entendido, pero le pregunte qué pasa, pre eclampsia me dijo.

Tome el carro y salí por todo el Boulevard del Ejército como alma que la va siguiendo la descalza, o el diablo, que era lo mismo, aunque ya no estábamos en guerra, la sensación seguía.

Al llegar a la Primero de Mayo, un montón de gente afuera, con cara de desesperación fue lo primero que encontramos; mujeres que se quejaban de dolor y maridos, madres, abuelas y cipotíos con cara de sueño.


No hay servicio de consulta me dijo el vigilante, traigo una referencia le dije; pasé hasta donde estaba una enfermera y le di la nota. Al verla, inmediatamente le dijeron a mi esposa que entrará; en la puerta un tipo, con cara de haber querido ser guardia y no ser aceptado, me dijo, hasta aquí puede pasar; espere allá afuera.


El tiempo pasó, no sé cuánto, no sé si rápido o despacio, no recuerdo ya. Pero quizá aún era temprano, y tome un teléfono público para llamarle a la hermana de mi esposa, y le dije que estábamos en el seguro, que ella estaba mal.


Sentado en las sillas plásticas de color naranja que estaban afuera, de esas pegadas en hierro que les decíamos bancas, el tiempo no pasaba, quizá yo no pensaba; creo que oré un par de veces, ya no recuerdo que pasó. Pero como a eso de las 10 de la mañana, más o menos, recuerdo que salió un médico preguntando por el acompañante de la Sra. Fulanita de Tal, mi esposa, a lo que me levanté y me dirigí hacía él lo más pronto posible.

Me tomó del brazo y me alejó un poco de donde estaba el gentío y me dijo, vamos a tratar de hacer lo mejor, pero lo más importante es salvar la fábrica y no el producto, aunque su esposa está muy mal, creo que tenemos un 5 a 10% de poder hacer algo. Se dio la vuelta y se fue.

Mi amor por mi esposa se había convertido en una mera probabilidad estadística calculada no sé cómo, quizá sin tener en cuenta a Dios. El amor por mi hijo y la esperanza de verlo crecer se desvanecía ante mis ojos, y solo dejaba el mal sabor de boca de un médico con cara de amargado que solo manejaba la amargura como compañera, o quizá no tenía otra cara para decirme que lo más probable era que mi mujer y mi hijo se murieran.

Ore, grite en mis adentros a Dios, le preguntaba por qué era tan malo conmigo, pero me consolaba diciendo que lo amaba. Qué aún estando en el infierno lo seguiría amando. Mi amor por Dios sería siempre; y estaba seguro que su amor por mí era desde siempre. Aunque tenía mis dudas razonables.


Ese día no pude entrar al hospital, tampoco pude saber nada, ¡que vivan los hospitales públicos!

El tiempo pasaba, las horas interminables, creo que conté cada mancha en cada silla de plástico afuera de la Primero de Mayo, como a las cuatro de la tarde, aún estaba allí. No recuerdo que más paso ese día.

El siguiente día temprano amanecí en el seguro; quería ver a mi esposa, a mi compañera en este viaje llamado vida. Quería saber sobre ella, sobre mi hijo, quería ver más que saber, más que información, más que datos, más que estadísticas, más que a cualquier otro.


Cuando me permitieron entrar a la unidad de cuidados intensivos, me preguntaba constantemente donde estaba mi esposa; no la veía por ninguna parte, hasta que me hablo y me dijo Gordo, ¿cómo estas?


Al voltear, la vi y no la reconocí, para nada, cada célula de su cara estaba inflamada hasta el máximo, cada facción de su cuerpo, de su cara era irreconocible. Me acerque despacio la besé y le pregunte como estaba. Me preguntó cómo estaba el niño, pregunta que yo no podía responder.

Mi primer hijo varón pesaba al nacer 1800 gramos. Ni uno más, ni uno menos. Tenía que dividir mi tiempo en el trabajo y las horas de visita en cuidados intensivos de mi esposa, y cuidados intensivos de mi hijo. Las probabilidades habían fallado. ¿Habría ocurrido un primer milagro en este evento?


Tres días en cuidados intensivos y dos más en cuidados intermedios fueron suficientes para que mi esposa fuera dada de alta; más no mi hijo. La cesárea era dolorosa, la inflamación no había cedido del todo; pero dejar en el hospital, en la incubadora, a mi hijo era lo más doloroso, el tubo en su boca que le ayudaba a respirar, las sondas, y cada uno de los cables y cateteres, y más cosas que no sé que eran y que estaban conectadas a su cuerpo, fueron el cuadro más triste de ese día.

Los días pasaban y mi hijo no mejoraba, a los pocos días se había complicado con bronconeumonía, y si eso era poco le faltaba membrana hialina. Mi desesperación de ver a mi pequeño en la incubadora, de no poder abrazarlo, ni siquiera tocarlo era gigantesca, es algo que no puedo ni describir.


Cuando le pregunte al doctor de turno sobre lo que pasaba, me respondió que le faltaba membrana hialina, y que el surfactante no estaba disponible en el hospital. Le pregunté cuanto costaba y me dijo que CINCO MIL colones el bote, y que necesitaba varias; una fortuna para mí. Pero más que una fortuna, la cual pensaba obtener de cualquier forma, y a cualquier precio; la situación era que no lo vendían en la farmacia de la esquina.

No recuerdo si fue antes o después de haber comenzado a ir a la iglesia cuando comenzaron los "eventos afortunados", la cosa es que comenzaron a suceder. Nunca estuve tan de acuerdo de rezarles a los santos. Quizá porque pensaba que era malo, incorrecto o innecesario; por cierto, hoy pienso que no es ni bueno, ni malo; ni correcto, ni incorrecto; simplemente es.

La cosa es que comencé a ir a orar a la iglesia del Sagrado Corazón, sobre la Rubén Darío, cada día, cada vez que podía; gracias a Dios mi trabajo me permitía estar en la calle; allí era mi trabajo. En la iglesia había un Jesús llamado Jesús de la Buena Esperanza; y por alguna razón que desconozco, siempre me sentí inclinado a orar frente a este santo. Le decía, te pido a ti Jesús, al verdadero Jesús, a ese que está detrás de este muñeco de palo, que me escuches, que me oigas, que me ayudes.

Sé Jesús que me amas, que estás aquí conmigo, y sé que no estás en este ídolo, creo que las enseñanzas de los Testigos de Jehová me habían pegado lo suficiente a pesar de los años. Cada día, cada oración era más o menos la misma retorica, pelear entre mi creencia, mi sentimiento, mi necesidad y mi esperanza; era una lucha entre mi confusión y mi miedo, entre mi necesidad y el amor que sentía por Dios, por mi hijo , por mi esposa.

Hubo un momento que estuve convencido que Jesús, el Maestro me escuchaba. Pero mi fijación en las formas era fuerte, muy fuerte, y volvía la retorica, la confusión, la guerra interna.


Para ser honesto, más de una vez llegué a putear a Dios.


Sin darme cuenta los “eventos afortunados” siguieron día con día. El pediatra neonatologo que atendía a mi hijo, era un amigo de mi adolescencia, entre en una fase de más confianza. Sin embargo mi hijo no mejoraba. Pasaron más de quince días desde su nacimiento y en lugar de ganar peso, solo lo perdía, salió de la bronconeumonía solo para entrar a una fase de rechazo del alimento.

Cuando cumplió los 20 días de nacido, las expectativas de vida según mi amigo eran pocas.


Mis oraciones y mis rezos continuaron, mis plegarias se enfrentaban con las ofensas a Dios, las promesas, las pedidas de perdón, con el arrepentimiento. Todo en mi vida era una confusión. Mi esposa estaba tan delicada que no podía ir al hospital. Cada día solo, en los pocos minutos que me daban en la sala de cuidados intensivos para neonatos, contemplaba a mi hijo sin poder tocarlo; solo lo veía luchar y sentía su incomodida con el centenar de sondas, cables, tubos y más que tenía en su pequeño cuerpecito.


Después de veintitrés días en esa agonía, al visitar a mi hijo en la sala del hospital, por primera vez le hable un poco, no sabía si era correcto o no; el pequeño niño sonrió, y eso me partió el alma hasta lo más profundo de mis huesos, hasta la última coyuntura de mi ser se sintió agobiada, paralizada, se sintió quebrada; sentí una felicidad enorme opacada por la impotencia de ser, humano.

Cuando iba para mi casa por la 5 de Noviembre, a la altura de los apartamentos de la Guatemala, mi visión era casi nula, demasiada borrosa a causa de mis lágrimas; aun recuerdo cada día de esos; mi llanto era tan sonoro como el tráfico.

En un momento, no sé de dónde ni cómo, sentí una especie de mano en mi hombro, una presencia más que algo físico, y un sentimiento más que palabras que me decían sin silabas ni letras, que mi hijo estaría bien, que me calmará.


Un sentimiento de paz profunda entró en mi ser. Llegue a mi casa y le dije a mi esposa que Dios decía que nuestro hijo estaría bien; que saldría adelante que nos lo darían pronto. Lo sentía con tanta convicción que era imposible dudar.



El día siguiente cuando llegue al hospital me dijo Moisés, el médico amigo mío, tu hijo ha tenido una increíble y hasta milagrosa recuperación, ha aceptado comida y está en franca recuperación; ese fue su último día en cuidados intensivos; el día siguiente a cuidados intermedios, y al siguiente en cuidados mínimos, el día 27 de vida de mi hijo nos lo entregaron para llevarlo a casa; con apenas 1400 gramos de peso.


Hoy un poco más de 13 años después mide un metro setenta y pesa 68 kilos. Más alto que su padre y su madre.


Este es solo uno de los miagros que he recibido de Dios, o es quizá el primero de los que realmente me percató y logro disfrutar; es sin duda solo el primero de muchos, de miles que recibo día con día. Hoy ya no importa si se le pide a un santo de palo, si se le pide a Buda, a Krishna, a Cristo, a Dios mismo como nuestro Padre creador; si lo pedimos al universo, tampoco importa; Dios, por poner un nombre, responde independientemente al canal que querramos sintonizar.

Decir que en el intermedio mi esposa fue atendida por una señora mu especial, que era esposa de un primo de mi papá, que alguien desconocido oró con ella, y la calmo, son solo parte de los eventos afortunados,

Si este no es un milagro, entonces es una cadena de eventos afortunados y dos o tres cosas que no me explico.


Para Dios no hay pasado, tampoco futuro, solo hay el ahora, como debería ser para nosotros.

Más milagros, Continuará…
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