domingo, 3 de octubre de 2010

De la ‘vida loca’ al crimen organizado

Tomado del Diario de Juárez

San Salvador— El inspector Juan Bautista Rodríguez Godínez es uno de los fundadores de la Policía Nacional Civil (PNC) de El Salvador y quizás uno de los hombres que más conoce de las interioridades, desarrollo e historia de las dos pandillas principales: la Mara Salvatrucha o MS-13 y la Pandilla 18.

“Es curioso que la MS-13 no reconozca que es una pandilla y a los de la Pandilla 18 no les gusta que les digan ‘mareros’, pero tienen una historia parecida y sus formas de organización son casi las mismas”, asegura el jefe policial, quien se ha convertido en el principal conferencista internacional de El Salvador en el tema de pandillerismo.

De acuerdo con la literatura y a los testimonios existentes, la Pandilla 18 fue la primera en crearse. Fueron mexicanos o chicanos residentes en Los Ángeles quienes la fundaron. Retomaron el nombre de una famosa calle, la 18, que dominaban. En un principio se dedicaban a organizar bailes y a la venta al menudeo y consumo de drogas. No eran marcadamente violentas, pero se enfrentaban con otras pandillas latinas y de afroamericanos.

Algo definía a las Maras en sus inicios: “la vida loca”. Una manera de asumir la vida sin rumbo ni límites. En las calles de las barriadas populares las riñas entre mareros de la Salvatrucha y la 18 eran comunes. Pronto se propagó el miedo que provocaban con sus cuerpos y rostros tatuados, así como sus gestos con las manos para identificarse como miembros de una misma “clica” o “tribu”.

Pertenecer a una pandilla representaba para los jóvenes tener una identidad que no tenían en sus hogares desintegrados. Ser marero era tener sentido de pertenencia. Habría que jurar lealtad al grupo que al mismo tiempo brindaba protección y poder.

“Antes, en la Mara Salvatrucha el rito de la iniciación era violento: 13 segundos de golpiza en el suelo. La Pandilla 18 tenía algo parecido... En la actualidad es diferente: el que ingresa a la pandilla es enviado a asaltar, a robar o a matar. Asesinar a un policía es como un ‘gran trofeo’. Las jóvenes mujeres que ingresas o ‘brincan’ a las maras son violadas por el grupo”, cuenta Rodríguez Godínez.

La violencia que rodea al tema del pandillerismo no tiene precedentes en El Salvador, pese a que esta nación siempre ha tenido altos niveles de delincuencia y de confrontaciones sociales y políticas.

Pero a causa de la violencia El Salvador es actualmente el país más peligroso de Latinoamérica, con una tasa de homicidios en 2009 de más de 75 por cada 100 mil habitantes. La Organización Mundial de la Salud (OMS) indica que una tasa de más de 10 por cada 100 mil habitantes representa una epidemia.

El origen

“Fue entre 1992 y 1994 que comenzó a escucharse el término ‘maras’ en referencia a la Mara Salvatrucha (MS-13), llamada así porque fue fundada por salvadoreños en la calle 13 de Los Ángeles, donde tenían su dominio. La Salvatrucha nació violenta y también de dedicaban a cometer delitos: robos, asaltos, tráfico de drogas y riñas callejeras”, explica Rodríguez Godínez.

El flujo migratorio de salvadoreños, guatemaltecos y hondureños, hizo que estas dos pandillas crecieran y que este fenómeno se trasnacionalizara. Actualmente la Mara Salvatrucha y la Pandilla 18 están presentes en casi todas las ciudades de Estados Unidos, así como en ciudades de Canadá, México y en Europa, especialmente en España y en Italia. También sus dominios se han extendido en forma de “corredores” por la región centroamericana: desde Guatemala hasta Panamá.

El nombre de Mara es una abreviatura del vocablo “marabunta”, nombre que se le da a unas hormigas de la selva sudamericana que arrasan todo a su paso. “Marabunta” fue también una famosa película de terror y aventuras, filmada en 1953 e interpretada por Charlton Heston y Eleonor Parker.

Tras la proyección de aquella película entre la juventud salvadoreña se comenzó a usar el término “mara” para identificar a un grupo de amigos, ya sea del barrio, de la escuela, de la Universidad e, incluso, del movimiento organizado que luchó contra las dictaduras en este país.

Durante la guerra civil salvadoreña casi un millón de salvadoreños emigraron a Estados Unidos, la mayoría a Los Ángeles, Washington, Chicago y Nueva York. Se asentaron en las zonas pobres de esas ciudades. Entre Estados Unidos y El Salvador se creó un puente de doble sentido: los indocumentados que llegan a diario después de atravesar México, y los deportados que son regresados de Estados Unidos, con un puño de frustraciones.

“Los deportados que eran pandilleros en Estados Unidos regresaron al país con una subcultura, con códigos particulares de lenguajes y señas, así como con tatuajes con letras góticas. Cada vez más indocumentados, cada vez más deportados, cada vez más fueron creciendo las pandillas hasta llegar a lo que ahora son”, dice Rodríguez Godínez.

La metamorfosis

El pandillerismo tiene un origen social: el abandono, la exclusión, la pobreza y la falta de esperanzas en la juventud, señala Rodríguez Godínez. Con él coincide la experta en violencia, Jeannette Aguilar.

Ambos advierten: pero el fenómeno ha sufrido una metamorfosis radical: las pandillas juveniles se convirtieron en bandas del crimen organizado.

“El problema es muy complejo. Y se lo grafico de la siguiente manera para que haya comprensión de la magnitud del caso: hace pocos años habían jóvenes mareros. Eran rebeldes y estaban en contradicción con sus familiares y la comunidad. Pero en la actualidad hay familias mareras, en las que abuelos, padres e hijos pertenecen a las pandillas. ¡Existen comunidades mareras, donde la mayoría de las familias pertenecen a las pandillas y se ha creado una red social peligrosa”, dice Rodríguez Godínez.

Agrega: “Antes, por ejemplo, habían ‘clicas’ o ‘tribus’ en comunidades y barrios, pero en la actualidad existe la unificación y coordinación de las ‘clicas’ en lo que ellos llaman ‘programas’. Se forman así especies de pelotones en los que cada quién juega un papel: vigilancia, venta de drogas, robos y sicariato”.

Precisa: “El Programa de Tecla, en el centro del país, es de la Mara Salvatrucha y abarca desde la norteña provincia de Chalatenango hasta el de Cuscatlán, así como San Salvador y La Libertad. Ahí hemos contabilizado cerca de 60 ‘clicas’”.

Las investigaciones realizadas en El Salvador revelan que la Mara Salvatrucha 13 y la Pandilla 18 absorbieron al resto de las pandillas históricas: Mau-Mau, Chancleta y Latin King. Además, este ya no es sólo un fenómeno urbano, sino también rural.

“Es una gran cadena social: existen los ‘palabreros’, que son los reales jefes de las maras. Éstos son los que controlan a los jefes de los ‘programas’ y éstos a los jefes de ‘clicas’. En las ‘clicas’ hay hombres y mujeres, viejos, jóvenes y hasta menores de edad. Es como un enjambre, como una metástasis expandida…algo complejo”, expresa el jefe policial.

Jeannette Aguilar, directora del Instituto Universitario de Opinión Pública (Iudop), de la jesuita Universidad Centroamericana (UCA), reitera que es un fenómeno social extendido, pero también abandonado por largo tiempo y al que sólo se ha querido frenar por medio de la represión a través de las políticas de “mano dura” y “leyes antimaras” que lejos de resolver el problema lo hicieron más complejo.

Esas políticas represivas –iniciadas con el gobierno de Francisco Flores (1999-2004), pero que continúan hasta la fecha-- mantienen a cerca de 7 mil líderes de maras en las cárceles. Sin embargo, el fenómeno no ha disminuido.

“En la actualidad uno de los delitos más extendido de las maras es la extorsión. Ellos antes extorsionaban o pedían la “cora” (25 centavos de dólar americano); ahora no, ahora cobran entre 20 y 25 dólares por los pequeños negocios (tiendas y restaurantes), y la misma cantidad por autobús y microbús”, asegura el jefe policial.

Empresarios del transporte colectivo indican que por este fenómeno anualmente tienen una pérdida de unos 9 millones de dólares, lo que ha sido corroborado por el director general de la Policía Nacional Civil (PNC) de El Salvador, Carlos Ascencio. También lo confirma un estudio elaborado por el general retirado de Estados Unidos, Richard B. Goetze Jr., y el médico, también estadounidense, Thomas Bruneau. Tal documento fue publicado en el diario de mayor circulación de Honduras, La Prensa.

El estudio dice que “estos grupos delictivos (maras) tienen a su merced al transporte en Honduras, Guatemala y El Salvador”. Incluso, “compiten con empresarios del transporte colectivo”, por medio de pequeños negocios y a través de las extorsiones.

Agregan los estadounidenses que información de inteligencia de la Policía de Honduras indica que la Mara Salvatrucha ha amasado tanta fortuna, producto de las extorsiones y tráfico de drogas en Centroamérica, que está invirtiendo en el transporte ejecutivo, ordinario y de carga.

“Los mareros, después de ser utilizados como mulas del narcotráfico o como sicarios, se cansaron de servir a los carteles de la droga y ahora, en forma exclusiva, distribuyen y transportan drogas y armas en Centroamérica. Y actualmente tienen capacidad empresarial”, asienta los especialistas estadunidenses.

Agregan: “Está de más decir que (los maras) compiten injustamente. Emplean la violencia contra los competidores y se auto-alquilan a otros negocios, como las compañías de autobuses, para intimidar a la competencia”.

En El Salvador la policía confirma que los mareros tienen negocios en el transporte, pequeños comercios como panaderías, locales que venden CDs y DVDs, talleres de reparación de vehículos, y servicios de lavado de autos. La mayoría de éstos son lícitos, aunque “hay otros que no lo son”.

“También tienen negocios con los abogados que los defienden en los tribunales. Tienen tanto poder que cuando cae preso un marero, los líderes le pagan a un abogado para que lo defienda y mantienen a la familia. Además que se le envía dinero al presidio”, detalla Rodríguez Godínez.

Las autoridades salvadoreñas, encabezadas por Mauricio Funes –el primer presidente de izquierda que gobierna en El Salvador en toda su historia-, han desencadenado una lucha más profunda contra el pandillerismo.

El pasado domingo 18 de septiembre entró en vigencia la llamada Ley de Proscripción de Maras, Pandillas, Agrupaciones, Asociaciones y Organizaciones de Naturaleza Criminal, con la que el gobierno cree que pondrá un freno al poder de las bandas delincuenciales.

En adelante, todo aquel que se le compruebe que es miembro de una pandilla o mara podría ser sometido a juicio y ser condenado a entre 3 y 6 años de prisión; igual pena podrían cumplir aquellos que respalden, apoyen o financien a estos grupos delictivos.

La nueva ley contemplará la extinción de dominios, capitales y bienes surgidos o fundados con dinero procedente de extorsiones o secuestros realizados por los pandilleros, según explica el viceministro de Justicia y Seguridad, Henry Campos.

Campos también explica que estas medidas para extinguir los dominios de los mareros, así como controles más rigurosos en las cárceles, desde dónde salen muchas órdenes para cometer delitos, pueden ayudar a combatir de manera eficaz al crimen y menguar la violencia.

Además informó que el gobierno elabora una Ley de Prevención y Rehabilitación de los pandilleros con el propósito de apuntalar las medidas sociales para el mejoramiento de la vida de las zonas marginales que históricamente han estado excluidas de todos los planes de desarrollo nacional. “Hoy la visión es de integración social”, ha recalcado el presidente Funes.

“Es un gran problema al que nos enfrentamos. Es difícil la rehabilitación porque aquel que se mete a una pandilla sabe que no hay vuelta atrás... No se puede renunciar. El marero no tiene amor a la vida; sabe que la suya será muy corta. Imagínense que el microbus que fue incendiado con la gente adentro fue por un acto de venganza contra la pandilla que reside en la zona. Fue un hecho inaudito, que no tiene lógica”, finaliza el experto Rodríguez Godínez.
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